
Hacía tiempo que no subía solo hasta la colina, la cual se había convertido en testigo mudo de sus juegos y del cariño que ambos, como unos adolescentes, se dispensaban. Pero aquella opresión en el pecho lo había empujado, sin ella, hasta allí arriba. Ahora, sentado en el columpio, se sentía cobarde y estúpido.
No era ningún iluso. Sabía que antes de llegar él a su vida habían pasado otros hombres por ella y que, incluso después de hacerlo, todavía se mantenía vivo parte del exacerbado amor que había sentido por el último de ellos. Recientemente, ella le había confesado que aquella pasión había quedado atemperada por el tiempo y por el amor que había nacido hacía él, pero que existían unos rescoldos que ninguna de las dos cosas habían extinguido.
También sabía del desesperado empeño de aquel hombre en no dejarla marchar, con continuas llamadas y mensajes al móvil y buscando la complicidad, en ese intento, de amigos comunes. No podía culparle por ello, pues nadie en su sano juicio dejaría partir a una mujer como ella. Pero no podía entender porque no había puesto el mismo ímpetu en retenerla cuando la tuvo a su lado. Tal vez entonces pensó que sería fácil mantenerla ahí sin esfuerzos ni renuncias.
Pero el último intento de aquel hombre lo tenía atribulado. Había organizado una cena para tres: ellos dos y un amigo común, pues siempre conviene guardar las apariencias. Por supuesto, la cena sería fuera de la ciudad, para no quedar al albur de alguna mirada indiscreta y, como un caballero, él se encargaría de llevarla y traerla en su coche hasta casa. Atormentado, daba por hecho que él lo tendría todo pensado: una cena agradable para recordar viejos tiempos, un buen vino, unas copas, unas risas y varias oportunidades de estar los dos solos. Un soplo de oxígeno puro para reavivar las brasas de aquel consumido fuego.
Oculto, ante ella, tras una capa de fingida indiferencia, aquella posibilidad le preocupaba y abatía por dentro. Que sencillo sería hacerle caso y asumir, sin más, que había lo que había y él nada podía cambiar. Además, ya sabía que esto podía pasar. De hecho, siempre lo dio como inevitable. Decía que si los fuegos no se apagan bien cualquier pequeña brisa puede reanimarlos. Pero no podía obviar sus sentimientos. La amaba demasiado. La mera idea de perderla le reconcomía y angustiaba hasta el ahogo. Le resultaba insufrible. Y ni siquiera podía decírselo. No podía evidenciar esa desazón y vulnerabilidad, pues, seguramente, incluso le reprocharía la desconfianza: ¿Cómo podía dudar de su buen criterio y capacidad de decisión?, ¿acaso pensaba que ella no sabía lo que debía hacer?. En todo caso, ella podía hacer lo que quisiera. Estaba claro que no le pertenecía y él ya sabía de aquella vieja pasión y sus posibles consecuencias.
Le irritaba su propia irracionalidad y descontento. Estaba furioso con ella. Pensaba que se esforzaba demasiado en mantener una amistad con un hombre que reiteradamente le recordaba que no era sólo eso lo que quería. Sabía que no era ninguna ingenua y no lograba entender porque, actuando así, mantenía en vilo a ambos. Detestaba a aquel hombre por la soberbia con que había irrumpido en su vida, con la altivez del propietario que desahucia de su finca al inquilino que la ocupa en precario. Se aborrecía por estar tan enojado, pues aquel era un enfado estéril e inútilmente doloroso.
Temía que, con estas cosas, el descontrolado amor que sentía por ella pudiera llevarlo al holocausto. Para huir de aquella obcecación, miró al cielo, buscando alivio en los ojos de la Luna. La suerte no estaba de su lado. Un enorme nubarrón cubría toda la cima. Aún más triste, quedó encogido en el columpio, meciéndose con el desmayo de quien mece una cuna tras velar toda la noche. Estaba preso del abatimiento y la congoja.
La oscura y húmeda noche le envolvió con su lúgubre manto.