jueves 17 de diciembre de 2009

DE GAVIOTAS Y AUSENCIAS...




Abrí los ojos y ahí estaba.
El complaciente astro reverberaba en cada pared de la habitación, a una hora que impredeciblemente, nos había sorprendido.
Sus alongadas pestañas permanecían impávidas, mientras yo disfrutaba de esa sensación de plenitud que me invade cuando estoy junto a él.
Después de tanto tiempo de nostalgia, ya no habían excusas para sentir lo que estaba sintiendo y tener la certeza de que mi amor por él, casto e inquebrantable, iba a acompañarme el resto de mis días.

Sus manos son las de un virtuoso pianista, expresivas y eufónicas, igual que su actitud, en consonancia con su equilibrio, que a veces pareciera inverosímil, por su magnánima dedicación a todo ello.
Siempre creí que esto, ya no brotaría de la misma forma que lo hizo en el pasado, que los arañazos que aún se vislumbraban en mi piel, impedirían un amor íntegramente sano, pero de nuevo, me equivoqué.
Esa mañana de invierno, con el gorjeo de las gaviotas revoloteando encima de nosotros, pude advertir ese sentimiento. Pude fijarme en el momento y de nuevo, ser feliz.

Hoy abrí los ojos y no estaba ahí.
El sol no se puso en ninguna pared. Ni siquiera lo vi venir.
Sus manos están muy lejos, pero su voz, hoy más que nunca, acompaña mi decisión, pero también mi vacío y mi tristeza.
Esta mañana de invierno, él, no estaba ahí…

miércoles 16 de diciembre de 2009

DUERMEVELA



Porque te amo velo la noche,
oníricos pájaros nocturnos
merodean el defectivo tálamo
en el que lloro tu ausencia.

El silencio desespera al anhelo,
la frustración azuza el reproche,
mi corazón es huésped de esperanzas,
para ver los tuyos, cierro mis ojos.

Añoro tus distraídos pasos por el parque,
mientras regalas vida a la piel negra
y los ávidos dedos asiéndose a tu cintura,
acercando el cielo a mi sedienta boca.

La madrugada esquilma la lucidez,
entenebreciendo el duermevela,
y los pájaros son ahora cuervos
¿Por qué necesitas sus besos?

martes 1 de diciembre de 2009

HOY




Hoy quiero desnudarte,
deleitarme con el elixir de tu fragancia
impregnando de aromas mi cuerpo y mi estancia.

Hoy quiero poseerte,
encontrarme en esos ojos de perlado ámbar,
sumergirme en tus rubís y febriles granates.

Hoy quiero perderme,
embriagarme de besos y abrazos,
envolver con mi deseo tu cimbreante cuerpo.

Hoy quiero extasiarte,
arrebatarte gemidos y placeres,
llevarte al edén donde transmuta la sustancia.

Hoy quiero dormirte,
anonadarte con la cansina nana
que mi corazón le cantará a tu oído reposado.

Hoy quiero decirte,
mecerme sosegado a tu orilla,
susurrarte que, sin ti, este columpio no tiene vida.

martes 17 de noviembre de 2009

ÉL Y LOS CELOS.



Hacía tiempo que no subía solo hasta la colina, la cual se había convertido en testigo mudo de sus juegos y del cariño que ambos, como unos adolescentes, se dispensaban. Pero aquella opresión en el pecho lo había empujado, sin ella, hasta allí arriba. Ahora, sentado en el columpio, se sentía cobarde y estúpido.

No era ningún iluso. Sabía que antes de llegar él a su vida habían pasado otros hombres por ella y que, incluso después de hacerlo, todavía se mantenía vivo parte del exacerbado amor que había sentido por el último de ellos. Recientemente, ella le había confesado que aquella pasión había quedado atemperada por el tiempo y por el amor que había nacido hacía él, pero que existían unos rescoldos que ninguna de las dos cosas habían extinguido.

También sabía del desesperado empeño de aquel hombre en no dejarla marchar, con continuas llamadas y mensajes al móvil y buscando la complicidad, en ese intento, de amigos comunes. No podía culparle por ello, pues nadie en su sano juicio dejaría partir a una mujer como ella. Pero no podía entender porque no había puesto el mismo ímpetu en retenerla cuando la tuvo a su lado. Tal vez entonces pensó que sería fácil mantenerla ahí sin esfuerzos ni renuncias.

Pero el último intento de aquel hombre lo tenía atribulado. Había organizado una cena para tres: ellos dos y un amigo común, pues siempre conviene guardar las apariencias. Por supuesto, la cena sería fuera de la ciudad, para no quedar al albur de alguna mirada indiscreta y, como un caballero, él se encargaría de llevarla y traerla en su coche hasta casa. Atormentado, daba por hecho que él lo tendría todo pensado: una cena agradable para recordar viejos tiempos, un buen vino, unas copas, unas risas y varias oportunidades de estar los dos solos. Un soplo de oxígeno puro para reavivar las brasas de aquel consumido fuego.

Oculto, ante ella, tras una capa de fingida indiferencia, aquella posibilidad le preocupaba y abatía por dentro. Que sencillo sería hacerle caso y asumir, sin más, que había lo que había y él nada podía cambiar. Además, ya sabía que esto podía pasar. De hecho, siempre lo dio como inevitable. Decía que si los fuegos no se apagan bien cualquier pequeña brisa puede reanimarlos. Pero no podía obviar sus sentimientos. La amaba demasiado. La mera idea de perderla le reconcomía y angustiaba hasta el ahogo. Le resultaba insufrible. Y ni siquiera podía decírselo. No podía evidenciar esa desazón y vulnerabilidad, pues, seguramente, incluso le reprocharía la desconfianza: ¿Cómo podía dudar de su buen criterio y capacidad de decisión?, ¿acaso pensaba que ella no sabía lo que debía hacer?. En todo caso, ella podía hacer lo que quisiera. Estaba claro que no le pertenecía y él ya sabía de aquella vieja pasión y sus posibles consecuencias.

Le irritaba su propia irracionalidad y descontento. Estaba furioso con ella. Pensaba que se esforzaba demasiado en mantener una amistad con un hombre que reiteradamente le recordaba que no era sólo eso lo que quería. Sabía que no era ninguna ingenua y no lograba entender porque, actuando así, mantenía en vilo a ambos. Detestaba a aquel hombre por la soberbia con que había irrumpido en su vida, con la altivez del propietario que desahucia de su finca al inquilino que la ocupa en precario. Se aborrecía por estar tan enojado, pues aquel era un enfado estéril e inútilmente doloroso.
Temía que, con estas cosas, el descontrolado amor que sentía por ella pudiera llevarlo al holocausto. Para huir de aquella obcecación, miró al cielo, buscando alivio en los ojos de la Luna. La suerte no estaba de su lado. Un enorme nubarrón cubría toda la cima. Aún más triste, quedó encogido en el columpio, meciéndose con el desmayo de quien mece una cuna tras velar toda la noche. Estaba preso del abatimiento y la congoja.
La oscura y húmeda noche le envolvió con su lúgubre manto.

viernes 6 de noviembre de 2009

LUCES, CERCANAS...



Ya había oscurecido. A sus pies, la ciudad vivía la vorágine propia del fin de la jornada laboral, previa al letargo nocturno. Desde su privilegiada atalaya observaban, divertidos, el constante ir y venir de gentes y vehículos, que se movían en una especie de caótico baile. Hasta allí apenas llegaba el eco de aquel estridente ruido.

Plácidamente, jugaban a saberse, y casi lo habían conseguido. Miraban las luces que alumbraban el camino hasta su montículo y las que más abajo parecían centellear por efecto del aire y la distancia. Desde allí, la ciudad parecía envuelta en un papel de celofán amarillo.

A ella le gustaba recrearse en el momento. Se sentía lejana a aquel mundo que se extendía a unos pocos metros y tan cercana a él que lo sentía dentro. Aún así, le pidió que se acercase un poco más.

- ¿Ves las luces?. Recuerdo un juego que hacía de pequeña con mi padre –dijo ella.

Se levantó un poco la camiseta, dejando al descubierto un ombligo perfecto, al tiempo que cerraba los ojos.

- Presiona mi ombligo –le dijo.

Mientras él acariciaba el ombligo, ella fue abriendo lentamente sus ojos.

- ¿Ves? Se ha encendido la farola –dijo ella, sonriendo.

Ambos rieron a carcajadas la tontería.

Ahora se percataba de la luz de la luna iluminando su cara. Sus ojos, grandes y hermosos, como nunca antes había visto en un rostro, cobraron el brillo y el esplendor propio de las estrellas, que como lentejuelas blancas y brillantes adornaban el cielo.

- Me ha gustado!. Quiero repetir!. Venga! cierra otra vez los ojos –dijo él, entusiasmado.

Cuando ella cerró los ojos, él pegó sus labios a los suyos y se unieron en un beso, largo e intenso. Ninguno abrió los ojos mientras duró, pero ambos vieron la luz, una luz tan potente y especial que durante un instante iluminó toda la colina... su colina.

domingo 1 de noviembre de 2009

LUCES, A LO LEJOS...




-Sabes… Llevo unos días que estoy un tanto revoltosa.
No consigo poner en pie mi vida y la verdad es que, cuando llego aquí, parece que todo se esfumara con el viento. No existen las preocupaciones, ni las preguntas, ni tan siquiera las miradas retrógradas.
Podría bailar contigo eternamente, sin excusas, jugando a ser quien somos y hartarnos de contarle las pecas a la luna.
-¿Quieres una calada?
-¿De tiempo o de humo?
-Pues… de las dos cosas. No sé cuál te hace más falta, pero mientras te empujas, creo que una te llevará a la otra.

-Tengo la sensación de estar donde no debo, equidistante a dos mundos que me sublevan, por no conocer los surcos de su travesía. De tu mano, todo es más sencillo.
Éste, está fuera de ambos.

-Cambia, márchate lejos de las líneas que acarreas y sé tú misma. Quiero decir, que te envuelvas de otro lazo de sociedad.
Mira las luces de la ciudad. Ahí, resplandecientes e inmóviles. ¿Las ves?
-Sí, claro.
-Pues es estática. La óptica muestra como la luz se dispersa a millones de metros por segundo, para exhibirse así, como la observas.
Cuando se le da la refracción y canalización adecuadas, luce en su manifestación.
-¿Crees que debería actuar como un fotón? Pues no me veo yo…
-¿Piensas que estamos aquí, en este lugar, por casualidad?
Francamente, es hermoso lo que veo. Desde aquí arriba, huele a plenitud.
¿Nos acercamos un poco más?

jueves 15 de octubre de 2009

CONFIDENTES



Ni siquiera podía recordar la primera vez que se fundió en sus brazos, buscando cobijo. Ahora estaba feliz, rebosante de amor, y venía a contárselo. Seguro que se pondría contento. Tal vez así pudiera compensar el desasosiego de sus últimas visitas.

Mientras recorría el sinuoso camino que les separaba, buscó recuerdos en su memoria. No había un momento importante en su vida que no le hubiera contado: la emoción de los primeros amores y la tristeza del desamor, las dolorosas discusiones con sus padres, el primer trabajo conseguido y la frustración del desempleo, con él también lloró la decepción de traiciones, la humillación de un amor destructivo, le desveló las interioridades de aquél secreto amor, le contó sus risas y sus soledades. Así, casi sin darse cuenta, habían quedado inexorablemente unidos.

El viento, suave y apacible, hacía volar levemente la hojarasca del incipiente otoño. La luz crepuscular teñía el cielo de un tono naranja pálido. La hora era hermosa, como lo era la historia de amor que quería contarle.

Cuando llegó a lo alto del promontorio, alzó la vista del suelo y de sus recuerdos y oteó el horizonte. Lo vió unos metros más abajo, donde moría el camino. Allí estaba, como siempre, esperándole con los brazos abiertos. Corrió hacía él los últimos metros... Dios!, como necesitaba verte! –dijo en un suspiro que pareció un grito-. Se sentó en su desvencijado asiento, asió sus brazos de cuerda, tomó un ligero impulso y se dejó mecer por la brisa, ingrávido e indolente.
Cerró los ojos y, tras respirar durante unos instantes aquella paz, comenzó su relato. Cuando concluyó, una ráfaga de alivio le recorrió todo el cuerpo. Nada le calmaba más que aquellos encuentros en la colina. Al marchar, con cara de felicidad y el paso más firme que a su llegada, le prometió regresar.