martes 12 de enero de 2010

FRÍO


Frío, siento mucho frío. Despierto cubierto de escarcha. Busco y sólo encuentro placas de hielo en las cuencas donde antes había luceros. Las palabras también murieron, sepultadas por un helado silencio. Noto como el glacial viento me aleja de ti, de tu tiempo. Mi cuerpo, inerte y abandonado, va sucumbiendo, arrastrado por el gélido espanto. Mi corazón es un marmóreo témpano. De los ojos me brotan carámbanos que se clavan en mi pecho. No hay manos, sólo dolorosos muñones plañendo por los miembros desprendidos. Un glaciar recorre mi estómago vacío. Ya no queda en mí refugio para mi alma aterida. Frío, mucho frío. Siento que te estoy perdiendo y yo... muero de frío.

martes 5 de enero de 2010

CUÁNDO...?




Dime que has hecho conmigo
que ni los cristales soportan tu ausencia
que mis manos derriten su sombra
que lloran,
lamentan,
amante, amado, amigo…

Dime cuándo podremos unirnos
que el tiempo me desviste,
que la paciencia me agota,
que duerme,
grita,
amante, amado, amigo…

Dime hacia dónde miro
que las agujas van solas,
que el oro es ya una aleación sencilla,
que mata,
necesita,
amante, amado amigo…

Dime, para que alcance tu mano
que mis ojos se han secado
que bajo mis pies corre un río
que arrastra,
lleva,
amante, amado, amigo…

sábado 26 de diciembre de 2009

PRESENTE AUSENCIA




Hasta mi rostro
llega el aire fresco,
que el suave viento
trae del Comapedrosa.

Alzó a su paso
rastros de tu aroma,
y de tu dulce risa
me entrega el eco.

Como me pediste,
te busco en el cielo;
brillantes astros
evocan tu memoria.

Errados por el fulgor
de tu blanca estrella,
confundidos vagan
los reyes magos.

Así, sin darme cuenta,
siempre estas presente,
a pesar de la ausencia.

Así, en plena consciencia,
sigo amándote,
tu recuerdo me alienta.

jueves 17 de diciembre de 2009

DE GAVIOTAS Y AUSENCIAS...




Abrí los ojos y ahí estaba.
El complaciente astro reverberaba en cada pared de la habitación, a una hora que impredeciblemente, nos había sorprendido.
Sus alongadas pestañas permanecían impávidas, mientras yo disfrutaba de esa sensación de plenitud que me invade cuando estoy junto a él.
Después de tanto tiempo de nostalgia, ya no habían excusas para sentir lo que estaba sintiendo y tener la certeza de que mi amor por él, casto e inquebrantable, iba a acompañarme el resto de mis días.

Sus manos son las de un virtuoso pianista, expresivas y eufónicas, igual que su actitud, en consonancia con su equilibrio, que a veces pareciera inverosímil, por su magnánima dedicación a todo ello.
Siempre creí que esto, ya no brotaría de la misma forma que lo hizo en el pasado, que los arañazos que aún se vislumbraban en mi piel, impedirían un amor íntegramente sano, pero de nuevo, me equivoqué.
Esa mañana de invierno, con el gorjeo de las gaviotas revoloteando encima de nosotros, pude advertir ese sentimiento. Pude fijarme en el momento y de nuevo, ser feliz.

Hoy abrí los ojos y no estaba ahí.
El sol no se puso en ninguna pared. Ni siquiera lo vi venir.
Sus manos están muy lejos, pero su voz, hoy más que nunca, acompaña mi decisión, pero también mi vacío y mi tristeza.
Esta mañana de invierno, él, no estaba ahí…

miércoles 16 de diciembre de 2009

DUERMEVELA



Porque te amo velo la noche,
oníricos pájaros nocturnos
merodean el defectivo tálamo
en el que lloro tu ausencia.

El silencio desespera al anhelo,
la frustración azuza el reproche,
mi corazón es huésped de esperanzas,
para ver los tuyos, cierro mis ojos.

Añoro tus distraídos pasos por el parque,
mientras regalas vida a la piel negra
y los ávidos dedos asiéndose a tu cintura,
acercando el cielo a mi sedienta boca.

La madrugada esquilma la lucidez,
entenebreciendo el duermevela,
y los pájaros son ahora cuervos
¿Por qué necesitas sus besos?

martes 1 de diciembre de 2009

HOY




Hoy quiero desnudarte,
deleitarme con el elixir de tu fragancia
impregnando de aromas mi cuerpo y mi estancia.

Hoy quiero poseerte,
encontrarme en esos ojos de perlado ámbar,
sumergirme en tus rubís y febriles granates.

Hoy quiero perderme,
embriagarme de besos y abrazos,
envolver con mi deseo tu cimbreante cuerpo.

Hoy quiero extasiarte,
arrebatarte gemidos y placeres,
llevarte al edén donde transmuta la sustancia.

Hoy quiero dormirte,
anonadarte con la cansina nana
que mi corazón le cantará a tu oído reposado.

Hoy quiero decirte,
mecerme sosegado a tu orilla,
susurrarte que, sin ti, este columpio no tiene vida.

martes 17 de noviembre de 2009

ÉL Y LOS CELOS.



Hacía tiempo que no subía solo hasta la colina, la cual se había convertido en testigo mudo de sus juegos y del cariño que ambos, como unos adolescentes, se dispensaban. Pero aquella opresión en el pecho lo había empujado, sin ella, hasta allí arriba. Ahora, sentado en el columpio, se sentía cobarde y estúpido.

No era ningún iluso. Sabía que antes de llegar él a su vida habían pasado otros hombres por ella y que, incluso después de hacerlo, todavía se mantenía vivo parte del exacerbado amor que había sentido por el último de ellos. Recientemente, ella le había confesado que aquella pasión había quedado atemperada por el tiempo y por el amor que había nacido hacía él, pero que existían unos rescoldos que ninguna de las dos cosas habían extinguido.

También sabía del desesperado empeño de aquel hombre en no dejarla marchar, con continuas llamadas y mensajes al móvil y buscando la complicidad, en ese intento, de amigos comunes. No podía culparle por ello, pues nadie en su sano juicio dejaría partir a una mujer como ella. Pero no podía entender porque no había puesto el mismo ímpetu en retenerla cuando la tuvo a su lado. Tal vez entonces pensó que sería fácil mantenerla ahí sin esfuerzos ni renuncias.

Pero el último intento de aquel hombre lo tenía atribulado. Había organizado una cena para tres: ellos dos y un amigo común, pues siempre conviene guardar las apariencias. Por supuesto, la cena sería fuera de la ciudad, para no quedar al albur de alguna mirada indiscreta y, como un caballero, él se encargaría de llevarla y traerla en su coche hasta casa. Atormentado, daba por hecho que él lo tendría todo pensado: una cena agradable para recordar viejos tiempos, un buen vino, unas copas, unas risas y varias oportunidades de estar los dos solos. Un soplo de oxígeno puro para reavivar las brasas de aquel consumido fuego.

Oculto, ante ella, tras una capa de fingida indiferencia, aquella posibilidad le preocupaba y abatía por dentro. Que sencillo sería hacerle caso y asumir, sin más, que había lo que había y él nada podía cambiar. Además, ya sabía que esto podía pasar. De hecho, siempre lo dio como inevitable. Decía que si los fuegos no se apagan bien cualquier pequeña brisa puede reanimarlos. Pero no podía obviar sus sentimientos. La amaba demasiado. La mera idea de perderla le reconcomía y angustiaba hasta el ahogo. Le resultaba insufrible. Y ni siquiera podía decírselo. No podía evidenciar esa desazón y vulnerabilidad, pues, seguramente, incluso le reprocharía la desconfianza: ¿Cómo podía dudar de su buen criterio y capacidad de decisión?, ¿acaso pensaba que ella no sabía lo que debía hacer?. En todo caso, ella podía hacer lo que quisiera. Estaba claro que no le pertenecía y él ya sabía de aquella vieja pasión y sus posibles consecuencias.

Le irritaba su propia irracionalidad y descontento. Estaba furioso con ella. Pensaba que se esforzaba demasiado en mantener una amistad con un hombre que reiteradamente le recordaba que no era sólo eso lo que quería. Sabía que no era ninguna ingenua y no lograba entender porque, actuando así, mantenía en vilo a ambos. Detestaba a aquel hombre por la soberbia con que había irrumpido en su vida, con la altivez del propietario que desahucia de su finca al inquilino que la ocupa en precario. Se aborrecía por estar tan enojado, pues aquel era un enfado estéril e inútilmente doloroso.
Temía que, con estas cosas, el descontrolado amor que sentía por ella pudiera llevarlo al holocausto. Para huir de aquella obcecación, miró al cielo, buscando alivio en los ojos de la Luna. La suerte no estaba de su lado. Un enorme nubarrón cubría toda la cima. Aún más triste, quedó encogido en el columpio, meciéndose con el desmayo de quien mece una cuna tras velar toda la noche. Estaba preso del abatimiento y la congoja.
La oscura y húmeda noche le envolvió con su lúgubre manto.